El Espejo de Sharkan (Fragmento 1)

Por: Javier Gomez

“Nosotros no manejamos el destino, es el destino quien nos maneja a nosotros.”

Esta frase, que formó parte del ideario de incontables generaciones desde los tiempos en que se afianzó en el mundo una postura fundamentalmente determinista, la creían muchos de los jóvenes que, en la década de los sesenta, pensában que cada una de nuestras acciones tenía el poder de cambiar un mundo que luego se reveló inamovible.

No muchas personas tienen la valentía de enfrentarse cara a cara con el miedo. Especialmente, no lo hacen cuando ese miedo las toca de cerca, cuando una bala suena demasiado cerca de sus oídos o un coche bomba mata a todos los que están en un radio de dos kilómetros a la redonda. Es fácil combatir, o creer que se combate, cuando se está lejos del verdadero campo de batalla.

En la vida, se pasa por diferentes etapas o estadios. Primero se es niño, es la época en que todo se te da resuelto y sabes que siempre tendrás a tu lado a gente que se preocupará por que no te falte de nada.

Después, empieza la adolescencia y los conflictos contigo mismo, bien porque te cuestionas acerca de si te conviene formarte un ideario propio o seguir las convicciones de tus mayores. No importa el área en que se haga esto, ya sean las relaciones interpersonales o sexuales, las convicciones políticas o religiosas, o incluso el mismo deseo que uno tiene de existir.

A veces eres rebelde, a veces te sometes dócilmente a lo que otros dicen o piensan porque tu criterio propio no es lo suficientemente fuerte como para pensar que eres capaz de argumentar por ti mismo. Dejas que otros tomen decisiones que, si fueras más maduro o tuvieras menos miedo, podrías escoger tú mismo, y eso constituiría la estrella polar de tu desarrollo. La rebeldía no suele durarte mucho, porque estás atado a un sistema que no sabes cómo derribar para ser libre.

Después, cuando uno ya es más mayor y empieza a darse cuenta de que lo que hace no cambia el destino de una sociedad entera, llega el momento de elegir. En mi caso, nací y crecí creyendo que mi ambiente era el mejor del mundo, hasta que los adoquines cubiertos de sangre de la plaza donde se levantaba la universidad me obligaron a mirar a la cara a la triste realidad que atravesaba mi país. Desde entonces, nada volvió a ser lo mismo.

La mayoría de mis amigos decidieron seguir el camino del exilio en cuanto vieron esas manchas de sangre. He perdido la cuenta de la cantidad de personas que me dijeron que no concebían la libertad en un país donde corrías el riesgo de ser apuñalado si salías a la calle pasada la hora del toque de queda, o si te demorabas más de lo debido comprando o visitando a conocidos.

Y yo no los seguí, porque mi ingenuidad llegaba a tal punto que pensaba que quedándome allí podría ayudar a la nueva generación, gente de mi edad llena de sueños e ilusiones, a cambiar el statu quo tácito y previsible que se había impuesto en nuestro pequeño oasis. Al fin y al cabo, en un país tan pequeño, donde todos se conocían o directamente o a través de amistades comunes, ¿quién se creería que los jóvenes idealistas que soñábamos con un brillante futuro podríamos correr algún peligro?

Ser libre es una concepción muy manoseada y sobada en estos días. Se habla de libertad de prensa, de expresión, de religión, de orientación sexual, pero jamás se habla de un concepto que a mi juicio debería ser el primero en los panteones de preocupaciones: la libertad personal y mental.

Ya que, si de primeras no te ves capaz de juzgar si eres libre al ciento por ciento, si ni siquiera sabes cómo librarte de la presión ejercida sobre ti por la sociedad, nunca sabrás lo que se siente cuando alguien ha cortado de verdad sus ataduras con este mundo lleno de traiciones y ligaduras que te impiden volar alto, como es el sueño de cualquier adolescente idealista.

Nunca se es en verdad libre si antes no se ha aprendido a ver más allá de los convencionalismos y las ataduras con las que la sociedad o los grupos a los que tú mismo te enorgulleces de pertenecer tratan de retenerte en sus círculos viciosos, un microclima plagado de humo, como si estuvieras sumido en una dimensión onírica de la que hicieras todo lo posible para no salir.

Este es un mundo lleno de convencionalismos en el que a los sueños se los trata como si fueran simple aire, indignos de consideración por parte de los que creen ser alguien en una esfera social en la que hasta las hormigas tendrían, en mi opinión, más que decir que todas esas bocas insulsas que sólo saben vomitar veneno e ideas sin fundamento.

Desde muy pequeños, a los niños se les condiciona. Hasta yo estuve condicionado en un momento de mi vida, y no me arrepiento de reconocer que quizás dejé demasiado margen libre de acción a personas que no deberían haberme influido tanto. Y el resultado de ese condicionamiento es que te ponen una venda en los ojos y hacen que seas ciego, sordo y mudo hacia lo que es la realidad de este mundo, tan cruda y horrible que, una vez reúnes el valor de arrancártela, te entran ganas de no vivir más porque te ves sumido en un abismo de negrura que nada tiene que ver con la ceguera.

No niego que haya gente que se sienta bien siendo ciega a los males del mundo. Al fin y al cabo, con el paso de los años y la experiencia que da el estar exiliado lejos de todo cuanto una vez me importara, he llegado a la conclusión de que cada uno se puede formar una ceguera a su medida, que luego dé paso a una burbuja en la que se está tan cómodo y confortable que se pierde toda voluntad de salir, de hacer algo para contrarrestar la injusticia que permea todos los demás ambientes sociales.

Ese es el veneno del personalismo: pensar que jamás ha habido ni habrá nada que nos exceda, que nosotros somos los únicos que importamos en el mundo. Un solipsismo atroz, lo sé, pero así es la vida de los seres humanos que llegan a un estado de auto-promoción tal que se ven a sí mismos como la cumbre de las aspiraciones del mundo entero.

Sólo importo yo, y fuera de mí no hay nada que me despierte ansiedad ni inquietud alguna. ¿Cuántas veces habré oído decir esta frase a gente idealista, que llegado un momento se dijo que no valía la pena quedarse clavado en esa isla de placer que se había construido para no enfrentarse al mundo y quiso expandirla por otros ambientes?

Soy partidario de la lucha interior, porque pienso que, cuando las personas logren cambiar su mundo, llegando a tener el poder para abolir sus convicciones y clichés para abrirse realmente al diálogo, sólo entonces podrán empezar a soñar con tener alguna posibilidad como agentes transformadores de su realidad social respectiva.

Atención, no hablo de un diálogo de persona a persona, sobre todo si se tiene en cuenta que la mayoría de individuos no se han dado cuenta del inmenso poder que reside en sus cerebros y en su capacidad cognitiva. Hablo de un diálogo mucho más profundo, con el mundo entero en la medida en que cada uno es capaz de alcanzar el estrato más alto sin intervención prácticamente de nadie.

La asunción del propio ser, en diálogo con las fuerzas de la naturaleza, es lo máximo a lo que se puede llegar, porque en el mismo momento en que te das cuenta de que nada de lo que te digan puede influirte, entonces sí serás verdadera y plenamente consciente de lo que quiere decir el concepto de libertad, y no esa palabra hueca que se menciona sólo porque suena bien en los oídos de los teóricos.

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