Implicaciones del proceso de paz en Colombia: retos y expectativas

Por: Brandon Hernández, Gabriela Gallo y Jose Osorio.

 

“Un proceso de paz es un esfuerzo para lograr un acuerdo que ponga fin a la violencia, así como para implementarlo, mediante negociaciones que pueden requerir la mediación de terceros.”

Esta definición de la ACCD resume el significado de lo que son los procesos de paz; de tal manera han sido los acuerdos de paz en el mundo, y en Colombia no es para nada diferente. Nuestro proceso tiene varias particularidades y eso se debe a la misma naturaleza del conflicto, sin embargo, el mundo, y en especial los colombianos, debemos pensar que nuestro país no es la excepción para llegar a un acuerdo definitivo. Hemos demostrado que llevar a cabo diálogos es posible y se ha avanzado hasta el punto de pensar que lograr el fin del conflicto ya no es una utopía. Este avance ha sido significativo, con dificultades por supuesto, con muchos retos que enfrentar y elementos que cualquier proceso implica. Y precisamente en el ejercicio de superar estas dificultades, el Proceso de Paz en Colombia, además de hacer un esfuerzo por poner fin a un conflicto de más de medio siglo, recoge experiencias de procesos de otras partes del mundo como los casos de Guatemala, Sudáfrica, Irlanda, Rwanda y Filipinas. Por otro lado, dada la naturaleza del conflicto, la memoria histórica de los anteriores procesos que se han dado en el país sirvió para corregir falencias y hacer de este proceso el que mayor garantías presenta en la historia del país.

 

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Imagen cortesía de: eltiempo.com

Por primera vez se diseñó una mesa completa de negociación con puntos claros y de suma importancia: reforma agraria, participación política, cultivos ilícitos, reparación a víctimas y fin definitivo del conflicto. Se han llegado a acuerdos sobre la mayoría de estos puntos; el problema: no se han aclarado todos los mecanismos de implementación de los mismos y aún existen algunas diferencias entre las partes. Veamos entonces las implicaciones más significativas que rodean este proceso, qué retos enfrenta, qué reflexiones nos deja y qué expectativas nos genera.

 

Hacer las paces con las FARC-EP no nos traerá de por sí la paz, pero supone la estabilización de la vida política del país. Estaríamos borrando uno de los actores ilegales más importantes que nos recuerda la larga relación entre política y violencia que caracterizó nuestra historia desde la independencia. Por otro lado, el reemplazo de las botas por los votos y la aplicación de la democracia representa tanto una oportunidad, como una esperanza para el país, pues a mediano plazo deslegitimará otras formas de violencia directa, apoyando la eliminación de la omnipresencia de la violencia delincuencial y esclareciendo la delgada línea entre la protesta social y legítima y el uso del terror para enviar un mensaje político.

 

Asimismo, la eventual firma del acuerdo final traerá una nueva oportunidad de participación para las comunidades y las instituciones, ya que la territorialización de la paz y las estrategias institucionales conjuntas son las que impulsarán la construcción de un nuevo escenario político y territorial para Colombia. Por lo tanto, es fundamental articular esfuerzos para hacer de la paz territorial una condición constante y no unas palabras o términos grandilocuentes.

 

Por otro lado, el sector económico no será ajeno al impacto del llamado posacuerdo, estudios del Departamento Nacional de Planeación indican que el país se verá beneficiado después de la firma de los diálogos en La Habana, pues la inversión y el gasto estatal serán el eje multiplicador de la economía. Tal como pasó en otros países del mundo, después de un proceso de paz el crecimiento económico a diez años será notorio, algunos expertos hablan de cifras de aumento del PIB de hasta el 5.5% de forma gradual. Lo cierto, es que tener a un grupo en las urnas y no en la selva parece darle un suspiro a una economía colombiana que gastaba anualmente casi 22 billones de pesos en la guerra. Será la ocasión para que la ciudadanía ejerza veeduría y control público de los gastos y la redistribución del presupuesto nacional para otros sectores como la educación, el empleo y el bienestar social.

 

Sin embargo, aún hay muchos retos que el Proceso de Paz debe afrontar, comenzando por la desinformación que la mayoría del pueblo colombiano maneja, por causa de varios factores que pueden ser, desde el desinterés, hasta los mitos que han sido creados, y además alimentados, por la oposición de dicho proceso. No obstante, el gobierno ha creado espacios en busca de desmentir los mitos y ha propiciado escenarios en donde los colombianos no sólo podemos informarnos con datos verídicos, sino que también, podemos expresar nuestras dudas, quejas y apoyo con respecto al proceso en una página llamada ‘‘La conversación más grande del mundo’’.

 

Otro gran desafío que el gobierno se verá obligado a afrontar, son los frentes de las FARC que no están dispuestos a desmovilizarse. Es importante explicar el porqué del uso de la palabra ‘obligado’ al comienzo de la oración, y es que la historia nos ha mostrado que este fenómeno, el surgimiento de diferentes frentes de resistencia, es una consecuencia, casi que predecible y usual, de todos los procesos que han buscado acabar con algún grupo insurgente. Las estadísticas muestran que la tendencia es que un pequeño porcentaje de los grupos que afrontan procesos como éste, no se acogen a los acuerdos logrados. Es pertinente tener en cuenta esta información, pues sabemos qué esperar y a lo que nos atenemos en el devenir del posacuerdo.

 

Y el último pero no menos importante reto que el gobierno debe hacer frente, y que además, es la pregunta que tenemos la mayoría de colombianos, es ¿de qué medios, actores y/o entidades saldrá la financiación económica del Proceso de Paz? Si bien, sabemos de actores internacionales, como los Estados Unidos, la Unión Europea y Las Naciones Unidas, que han demostrado su interés y apoyo económico para la culminación exitosa del proceso, no todos los elementos que hacen parte de la construcción de una nueva era para el país e implementación de los acuerdos, desafortunadamente, están cerca de ser suplidos, y con el historial de corrupción que existe en Colombia, la ciudadanía teme, no sólo al aumento de impuestos, sino a que los recursos dirigidos para el posconflicto ‘desaparezcan’ así como usualmente pasa con los recursos destinados a la mejora de la salud, educación y transporte.

 

Podemos concluir entonces que este Proceso de Paz, como cualquier otro, mantiene una serie de contrastes que son parte necesaria de este tipo de acciones. Hay muchos retos que enfrentar pero el hecho de dar un primer paso es de vital importancia; nos ha generado ya muchas expectativas, le ha dado esperanzas a algunos mientras ha despertado el recelo de otros, la opinión pública está dividida y la única forma de determinar la efectividad o fracaso del mismo es con los resultados que están por venir, el acuerdo definitivo está cerca y la implementación de algunos acuerdos ya dio marcha, quedando así un mundo expectante al fin de uno de los conflictos internos más largos de la historia, en la incertidumbre de cómo sucederá exactamente.

 

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