Diario de un Internacionalista, Capítulo 1 – El Primer Intento

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Por: Arnold y Andrea*

Hoy por fin decidí sentarme a hablar con mis padres acerca de mis futuros años en la Universidad. Todo este año han estado mucho más emocionados que yo con respecto a ese tema. Mi madre, pese a todo, ha estado un poco triste; no soporta la idea de que su pequeño por fin esté a punto de irse de casa para empezar a construir su vida. Mi padre, por otro lado, está sumamente entusiasmado. Puede notarse cuando dialoga con sus compañeros de tragos acerca de su hijo a punto de convertirse en bachiller.

– ¡Es el más inteligente de su clase y ocupa el primer puesto siempre! Les aseguro que va a ser un gran ingeniero o, de seguro, un excelente abogado –lo dice con satisfacción siempre, como si fuese de él de quien hablara.

A decir verdad, no sé por qué dice tales cosas. Ya le he dicho que no deseo ser un ingeniero ni un abogado, mucho menos un médico, pero creo que no me toma en serio por mi edad. Creo que hay una especie de estructura social construida alrededor de dichas carreras universitarias. Aún más en un país como el mío, en donde se busca un ingeniero o un abogado para todo, por lo que todos los padres quieren que sus hijos vayan por ese camino… pues es eso lo que supuestamente da dinero, ¿no?

Pero bueno, el punto es que hoy he decidido hablar con mis padres y decirles que deseo estudiar algo cuyo nombre se escucha muy bonito pero que la mayoría no tiene idea de en qué consiste. De hecho, a veces yo tengo problemas para explicarlo. Yo quiero estudiar Relaciones Internacionales.

Así las cosas, después de la cena les pedí que se sentaran conmigo un rato a charlar, algo que no hacemos muy a menudo.

– Está bien, ¿de qué querías hablarnos? –rompió el silencio mi padre.

– Bien, es acerca de la Universidad, ya falta menos de medio año y pues …

– ¿Al fin te has decidido a ser un abogado como tu padre? –dijo sonriendo burlescamente, como si estuviera bromeando, cuando en realidad eso no era algo con lo que se podía jugar.

– ¡Para nada! ¡Él será un ingeniero como su tío! ¿No has visto sus notas en Matemáticas? –replicó mi madre.

– ¡Sí! Que bien le ha ido a tu hermano, recuerdas aquella vez que nos llevó a comer a… -continuó emocionado mi padre creando una muy amena y alegre conversación entre ellos. Como dije, ellos estaban más emocionados que yo.

Y ahí me encontraba yo… en silencio pensando en las Naciones Unidas, en tratados internacionales, en la economía global y leyes que trascienden las fronteras, lenguas y culturas mientras mis padres veían en mi cabeza un Código Civil y una Constitución o quizás una calculadora y una hoja doble cuadriculada.

– Uh… ¿padre? ¿madre? –pronuncié tímidamente, a segundos de romper su pequeña burbuja de colores–. No quiero estudiar Derecho, ni tampoco Ingeniería.

– ¿Qué? –preguntó mi padre, por un segundo vi una mirada de pánico en sus ojos–. Entonces… ¿Medicina?

– No papá, quiero estudiar Relaciones Internacionales…

Fue en ese momento cuando, por primera vez, supe que estaba a punto de dedicarme con seriedad a responder una pregunta con la que me enfrentaría el resto de mi vida.

– ¿Y eso qué es? –inició el trauma  mi madre.

– Eso suena a Comunicación Social, hijo… -Sentenció mi padre.

Estaba resuelto a defender mi aspiración, por lo que comencé una explicación, que sin saberlo entonces, se extendería durante años…

– Bueno, verán, las Relaciones Internacionales son el estudio del mundo como lo conocemos, la manera como interactuamos en él desde distintas esferas…

–  Un momento –interrumpió papá– ¿me estás diciendo que vas a dejar de trabajar en una empresa o de litigar como todo un abogado por estudiar los países y sus capitales?

– No papá, permíteme explicarte…

– Los niños a tu edad no saben lo que quieren –me interrumpió nuevamente–. Tú no sabes qué es lo que exige el mundo hoy ni qué es lo que se necesita en el mercado laboral… ¡tú no sabes qué es lo que va a poner pan en la mesa!

– Papá, las Relaciones Internacionales tienen muchos campos y llenan variedad de perfiles profesionales… si tan sólo me dejaras explicarte bien…

– Hijo, yo pienso que tu padre tiene razón… uno no puede dejarse impresionar de nombres elegantes, uno debe estudiar lo que le de plata –intervino mi madre con su característica voz amorosa.

– Entiendo que les preocupe que no desee estudiar lo que ustedes quieren, pero no tienen por qué ponerse así –me defendí–. Ni siquiera saben en qué consiste lo que yo quiero, no es justo.

Papá se levantó de su silla, se le notaba la preocupación en la cara. Luego de quitarse las gafas, apretarse los ojos en señal de frustración dio un tenaz suspiro y solamente dijo:

– Hasta aquí llega esta conversación, estoy muy cansado y no tengo tiempo para tus ocurrencias -sentenció-. Piensa bien las cosas, y cuando lo tengas más claro, entonces hablaremos.

(Continuará…)

*Arnaldo Urzola y Andrea Roca, estudiantes de Relaciones Internacionales.

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