Diario de un Internacionalista, Capítulo 3 – ¿Cual es la mejor carrera?

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Por: Arnold y Andrea*

Tenían razón, no había pronunciado una sola palabra. Estaba pensando en mi padre, y en cómo haría para que él no llegara a pensar de la forma en que piensa Ana… si es que ya no piensa de esa manera. También seguía un poco decepcionado por esa triste primera impresión que dejó Ana acerca de mi vocación delante de mis amigos. En todo caso, se avecinaba una larga conversación de porqué “el chico del cuadro de honor” iba a estudiar relaciones internacionales, aquello que iba a estudiar también la más vaga del salón porque “es más fácil”  y “ahí no se ven números”.

– Yo también voy a estudiar relaciones internacionales – respondí preparándome psicológicamente para la ola de preguntas que venían sobre mí.

– ¿Qué? ¿Tú? ¿El sabelotodo? – comenzó Ana – ¡Yo que te imaginaba estudiando física termonuclear o matemática pura!

– De seguro se cansó de trabajar tan duro en el cole y quiere tomarse varios “años sabáticos” – se sumó Carlos al tan predecible y clásico bullying de tus típicos mejores amigos de bachillerato – hombre, tú te estás tomando las cosas con calma, incluso más que Andrés.

– ¿Por qué dicen eso? ¿Tiene algo de malo? – los cuestioné.

– ¿No acabas de escuchar a Ana? – respondió Carlos – Esa carrera es súper fácil y es sólo para los que desean farandulear un poco, y si la vida te sonríe, vivir viajando.

Si me había sentido ofendido por la “grandiosa defensa” que había dado Ana a nuestra carrera, las palabras de Carlos me estaban generando dolor de oídos. ¿Farandulear? ¿Yo? Soy lo más opuesto a esas cosas y todos lo saben. Me sentía bastante indignado.

Consideré que en ese momento lo mejor era llegar al fondo del asunto. Es decir, ¿por qué rayos todos piensan eso acerca de estudiar relaciones internacionales?

– ¿Cómo estás tan seguro de eso? – lo reté – ¿Dónde has escuchado todas esas tonterías?

– Bueno… pues si Ana, que es quien menos esfuerzo le ha metido al colegio lo dice, yo le creo – respondió Carlos, un poco burlescamente – estoy seguro de que ella habrá considerado varias opciones y eligió esa para seguir con el folclor de vida que lleva.

– Me gustaría discutir eso, pero es cierto Esteban – agregó Ana.

– ¿De dónde sacas eso, Ana?

– Pues solo basta escuchar el nombre. Todos saben que es algo con “relacionarse internacionalmente”… que se yo, algo como el turismo o la comunicación a nivel internacional.

No conforme en lo absoluto con unos argumentos tan patéticos para sustentar su posición me preparé para responder. Lo habría hecho si Valentina, mi compañera y “rival” en el colegio, no hubiese llegado a saludar.

– Perdonen que me meta. Ana, tú estás basando tu criterio en rumores, y peor aún, en el mero nombre de la carrera para definirla y decir que se trata de algo fácil. Y en cuanto a ti Carlos, estás confiando en lo que dice Ana, quien no tiene argumentos para defender la posición que tiene.

Parece ser que ella estaba en la otra mesa escuchándonos y no nos habíamos percatado de su presencia al estar tan enfrascados en discutir. Valentina tiende a ser muy reservada, pero es también muy respetada en el salón. Todo el tiempo nos disputábamos el primer y segundo puesto. Lo teníamos como un juego.

– Lo cierto es que todas las carreras tienen su dificultad – continuó ella – pero son completamente distintas porque se manejan diversas inteligencias y competencias al estudiarlas. Que una carrera sea difícil o no, depende del estudiante individualmente y de las habilidades y perfiles que se construyen en cada una de las disciplinas.

Estoy seguro de que ella no sabía lo feliz que me puse cuando ella dijo eso.

– Wow, alguien ha hecho la tarea – rompió el silencio Jose, quien solo se limitó a escuchar nuestra conversación. Cosa que le agradecí bastante ya que, debido a que su hermano es ingeniero, él suele tener una admiración tan exagerada por la ingeniería que puede rayar en un, a veces fastidioso, orgullo extremista. Algo así como si los ingenieros pertenecieran a una raza superior… o fueran todos asiáticos que nacieron con una calculadora científica en las manos.

– ¿Qué pasa, Vale? ¿Acaso tú también vas a estudiar lo mismo que Ana y Esteban? – preguntó Carlos, se podía sentir una pizca de resentimiento en esa pregunta. Como si Valentina le hubiese dicho que sus argumentos se basaban en las meras palabras de la más vaga del salón… que, de hecho, justo eso había pasado.

– No, pero me molesta bastante esa bobada de que una carrera es más difícil que otra. Cada quién decide cuanto esfuerzo va a ponerle a algo y qué metas personales se traza. Y de eso depende “la dificultad” de las cosas.

– ¿Y qué me dices de la música? – preguntó Ana nuevamente – eso es sencillo, y los que la estudian se la pasan divirtiéndose. No me vas a decir que la música es más difícil que la Ingeniería o la Medicina.

– Compra varios instrumentos y dáselos a un grupo de ingenieros y médicos… pídeles que toquen la sinfonía n°7 Opus 113 de Malcolm Arnold… luego cuéntame más de cuan hermoso fue haber perdido tu dinero en esos instrumentos. – finalizó Valentina.

Todos quedamos sorprendidos al escuchar a Valentina. Ana simplemente calló mientras los demás, a excepción de Jose, empezaron a reír. Yo solo estaba feliz de que mi rival fuera mi aliada esta vez. Creo que por cosas como esa ella me cae tan bien.

– Ouch, eso me dolió hasta a mí – se burló Carlos, como si él no se encontrara del lado de Ana.

– ¿Qué te dice que unos ingenieros no puedan tocar también unos instrumentos? – salió Jose a la defensa de su amada ingeniería.

– ¿Qué te dice a ti que un músico no puede llegar a saber más de física y matemáticas que un ingeniero? – le respondí de inmediato – la inteligencia musical es tan admirable como la inteligencia lógico-matemática.

– De acuerdo. ¿Y tú?… pareces muy seguro de tu carrera. ¿Por qué no nos explicas, entonces, de qué se trata estudiar relaciones internacionales?

Creo que a Jose le gustaba pensar que él era el único que iba a enfrentar “un verdadero desafío” y le incomodaba que Valentina y yo igualaramos las demás carreras a la suya.

Todos se quedaron en silencio esperando mi respuesta. Llegó el momento de dar mis argumentos.

(Continuará…)

*Arnaldo Urzola y Andrea Roca, estudiantes de Relaciones Internacionales

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