Diario de un Internacionalista – Capítulo 4 – Una nueva amiga

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Por: Arnold y Andrea*

– Los internacionalistas estudian el mundo, Jose – empecé mi argumentación – estudiamos los procesos políticos, económicos e incluso sociales o jurídicos que se llevan a cabo en los países.

– Es decir, básicamente vas a acabar siendo un profesor de Sociales – respondió Jose con un poco de brusquedad. Algo muy extraño en él. Jose tiende a ser muy calmado y razonable, nunca se mete con nadie… pero parece ser que siempre hay una primera vez para todo.

– Por supuesto que no, no es ese mi objetivo – respondí.

– ¿Y si así fuera? – intervino Valentina – ¿Acaso eso tiene algo de malo? ¿Ser profesor?

Es curioso, el comentario de Valentina me hizo pensar un poco. Todas las personas, en la medida que vamos tomando decisiones, nos aferramos a ellas y las defendemos incluso con argumentos creados desde nuestra propia subjetividad. Lo que quiero decir es que todos sabemos que todas las habilidades, conocimientos o finalmente carreras son útiles. Pero si todos sabemos eso, ¿entonces por qué a veces menospreciamos a los demás? … es como si aquello a lo que nos dedicamos nos definiera y nos identificara. Nos sentimos ofendidos si nos dicen que nuestra carrera es fácil, o que lo que hacemos no es importante. Llegamos a ser tan infantiles, que nos enorgullece cuando nos dicen que trasnochamos y tenemos ojeras por lo duro que es lo que estudiamos.

Vale la pena pensar … ¿qué sería del mundo sin los ingenieros? ¿o sin los artistas que embellezcan las cosas que percibimos? ¿sin los psicólogos que desean entender a aquellos que nadie entiende? …  por supuesto, ¿qué sería de nosotros sin los médicos? Creo que muchos moriríamos de enfermedades que hoy, gracias a ellos, consideramos ridículas como una gripe o un insignificante virus.

A pesar de su metida de pata, Jose también aportó algo a mi momento de reflexión. Los profesores, particularmente, me parecen tremendamente importantes. Observo en ellos una profesión determinante para el desarrollo y el avance de la humanidad. Creo que ninguno de nosotros, independientemente de lo que haya estudiado, estaría en el lugar donde se encuentra sin profesores en su vida. Todos tenemos profesores a quienes sonreímos al recordar, otros que al hacerlo nos da dolor de estómago. Pero todos, los ángeles y los demonios pusieron parte de ellos mismos en nosotros.  Por eso aquellos que deciden dedicar su vida a enseñar y transmitir conocimientos a través de las generaciones me parecen personas que deberían ser honradas más a menudo… o por lo menos, más remuneradas.

– ¿Y bien? ¿Es eso lo que quieres decir? – presionó aún más Valentina – mi padre es profesor de Cálculo en la Universidad. Apuesto que ni tú ni tu hermano necesitan un profesor de Cálculo para ser ingenieros, ¿verdad?

Jose se sintió acorralado, creo que había olvidado ese pequeño detalle… el padre de Valentina es profesor. Creo que pisó donde no debía.

– Yo… no quise ofender a nadie Vale, lo siento mucho… – terminó Jose.

Un poco de humildad en esta conversación de grandes orgullos batiéndose. No esperaba menos de Jose.

– Bueno, bueno. Vamo’ a calmarno – indiscutiblemente, esa era Ana – no tenemos porqué discutir. Creo que todos queremos saber más de la carrera que vas a estudiar, Esteban.

– ¿Qué acaso no es la carrera que tú vas a estudiar también, Ana? – pregunté.

– Sí, cierto. Pero ya que dijeron que yo no sé nada pues ilústranos tú, sabelotodo.

Ana es una chica tierna, a veces un poco torpe, pero si existe algo que me gusta de ella es que sabe sacar lo mejor de mí… retándome y tratando de sacarme de quicio.

– ¿Y bien, vas a decirnos en qué trabajan las personas que estudian Relaciones Internacionales, o no? – rompió su silencio Carlos.

Valentina se echó a reír, me miró y me hizo señas para que continúe hablando. Creo que ella también estaba interesada en ver cómo me iba a defender.

Le sonreí y comencé a hablar.

– Pues, los profesionales en Relaciones Internacionales pueden trabajar en muchas cosas, chicos. Trabajar en empresas como cualquier otro profesional, realizando procesos de internacionalización, por ejemplo. Podemos trabajar en el mercado internacional. Eso sin mencionar el sector turístico.

– ¿¡Ven!? – gritó Ana con emoción – ¡no estaba tan equivocada! ¡los internacionalistas viajamos y trabajamos en turismo!

Todos empezamos a reír. Ya el ambiente no estaba tan tenso, volvimos todos a ser amigos.

– Pues sí, Ana. Pero ahí no acaba todo, no todos los internacionalistas viajamos o trabajamos en el exterior. Como les venía diciendo, podemos trabajar en periodismo e incluso directamente con el Gobierno, en el sector público – continué explicándoles emocionado, me sentía escuchado… ojalá pudiera sentirme así con mi padre. – podemos trabajar en diplomacia, en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

– Y como dijo Jose – me acompañó Valentina – efectivamente podríamos trabajar en educación, o sea, ser profesores.

– ¿Podríamos?… Vale, ¿acaso tú vas a estudiar Relaciones Internacionales? – pregunté con mucho interés.

– Lo estoy considerando – dijo sonriendo nuevamente.

Creo que a partir de ese momento me empecé a sentir todavía más entusiasmado.

– Y bueno… por supuesto también podríamos llegar a ser embajadores, pero claro, no es nada fácil.

Algo me decía que encontraría a muchos en primer semestre con la palabra “embajador” pintada en sus frentes.

– He escuchado que muchos de los estudiantes de Relaciones Internacionales desean acabar trabajando en las Naciones Unidas – agregó Andrés, luego de pasar un muy buen rato en silencio. – ¿Eso es verdad?

– Ah, sí. Muchas veces terminamos trabajando en organismos internacionales, no solamente la ONU, también la OEA, la Cruz Roja… o en alguna ONG.

– Deja de alardear, Esteban – me interrumpió Jose – me vas a hacer estudiar eso también.

Soltó una carcajada. Por supuesto, no hablaba en serio. Lo suyo definitivamente era la Ingeniería. Lo admiraba por eso, sé que es una carrera que requiere muchísima dedicación.

– Yo solo espero que Anita pueda aprender su français – bromeó Carlos también.

Todo acabó bien esa tarde. Seguimos dialogando acerca de otras cosas también. Jose nos empezó a contar cómo entre las mismas ingenierías se debatían cual de todas era la mejor.

– Es gracioso, muchos ingenieros piensan que la Ingeniería Industrial es la “menos Ingeniería” de todas – contó Jose muy animado, le fascina hablar de lo que le gusta – muchos piensan que es solo una Administración de Empresas…

– Es cómico como, incluso entre las mismas “familias” de carreras, se discuten cual es la mejor o más importante. Había escuchado que algo así sucede entre internacionalistas y politólogos. – agregué yo a la conversación.

– Parece ser que, aunque te libres de nosotros al graduarnos, vas a llevar mucho bullying por parte de algunos amigos politólogos. – añadió Andrés poniendo su mano en mi hombro.

– No me interesan esos debates sin sentido, a decir verdad. – respondí.

Y así continuamos hasta tarde en la noche, sentados como buenos amigos en aquél restaurante al que siempre íbamos. Me di cuenta que de veras iba a extrañar a esos tontos.

Eran casi las doce de la noche. Ya era hora de irse, y todos vivíamos cerca del lugar. Andrés, Carlos y Jose decidieron acompañar a Ana. Valentina se despidió de todos y se puso de pie.

– ¿En qué te irás a casa, Vale? – pregunté.

– Pues caminando, a esta hora no hay buses y no me queda dinero para tomar un taxi.

– ¿Y te vas a ir sola?

– Claro, no me queda de otra.

Lo que nadie sabía es que Vale vivía bastante lejos. Y nadie lo sabía pues yo era el único que había ido a su casa a realizar trabajos en grupo. Al ser tan buena estudiante, nadie quería trabajar con ella porque era demasiado exigente cuando se trataba de trabajar en parejas. Tampoco tenía muchos amigos, aquella noche fue la primera vez que la vi hablar y sonreír tanto.

– Yo te acompañaré. A estas horas puede ser un poco peligroso si vas tú sola – me ofrecí, tratando de que mi propuesta pareciera lo menos extraña posible para evitar las peculiares miradas de mis amigos.

Fracasé. Todos me quedaron viendo atónitos. Yo no era precisamente de los que verías caminando con una chica en el colegio.

Valentina sonrió tímidamente.

– Gracias… Esteban. Es muy amable de tu parte. – dijo sin dejar de sonreír.

– No es nada. Vámonos. Hasta luego, amigos.

Solo movieron sus manos para despedirse, dejando clavadas sus miradas en nosotros mientras íbamos saliendo del lugar.

(Continuará…)

*Arnaldo Urzola y Andrea Roca, estudiantes de Relaciones Internacionales

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