Diario de un Internacionalista – Capítulo 5 – Te llevaré a casa

 

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Por: Arnold y Andrea*

Luego de esa tan incómoda despedida de mis amigos, salí de aquél lugar en compañía de Valentina.

El cielo estaba bastante nublado, lo que hacía que la noche fuese mas oscura. A esa oscuridad se le sumaba el tremendo y sorpresivo silencio de ella. Era extraño… luego de haber argumentado y reído tanto hace unos minutos con mis amigos ahora se encontraba solamente caminando como si yo fuese algún tipo de desconocido.

No hice un esfuerzo por destruir el silencio que llevábamos. Pero debo admitir que me mataba la curiosidad de saber qué estaba pensando ella. Me gustaría saber si ella se sintió mal por las miradas de mis amigos… o peor aún… ¿qué pensaba ella de que yo haya decidido acompañarla? ¿habrá pensado que ella me gusta? pues bueno… no es que fuera así pero era eso lo que las miradas de mis amigos decían. Y aún más importante… si ese es el caso, entonces, ¿no me habla porque quedé como un bicho raro delante de ella? … ¿o es que acaso es tímida y…?

– Gracias por estar aquí, Esteban – dijo ella con suavidad. Suavidad que se sintió como un terremoto en mi mente que me sacó de mis pensamientos cíclicos y sin sentido.

– Yo, eh … – aún tenía mi cabeza en otro lugar – no fue nada Valentina… no te iba a dejar sola en esta oscuridad. No hay un alma en estas calles.

– Lamento haberte puesto en esta situación… es peligroso caminar a estas horas por aquí y aún falta mucho por recorrer. – se disculpó, cabizbaja y con tristeza en su rostro. Desde que salimos no había levantado su mirada para nada.

– Tranquila. No nos va a pasar nada, te lo prometo – ese era yo prometiendo algo que ni yo me creía. La verdad es que si estaba un poco asustado – además… recuerda que fui yo quien se ofreció.

Le sonreí para calmarla y hacerla sentir cómoda… pero ella no volteó a mirarme, solo siguió caminando.

– ¿Por qué lo hiciste? – preguntó súbitamente – pudiste haberte ido con tus amigos y caminar seguro hasta tu casa.

– Bueno… habría quedado intranquilo de haberte dejado sola. Habría imaginado constantemente como te asaltaban. – dije bromeando a ver si conseguía sacarle una sonrisa al menos.

– Nunca me han asaltado – creo que no le gustó mucho mi chiste – además, si alguien lo intentara, ¿que podrías hacer tú al respecto?

– Seguramente hablarle de lo que quiero estudiar y aburrirlo hasta matarlo – bromeé nuevamente.

Ella comenzó a reírse. Creo que mi segundo intento sí dio frutos.

– Que gracioso, señor internacionalista – dijo sonriente y por fin dirigiéndome su mirada – no eres tan ñoño después de todo.

– La mejor estudiante del curso llamándome ñoño, que ironía.

– Ja… ja… buen chiste, sabelotodo. Pero aún no me has dicho porqué decidiste venir…

– Claro que sí lo hice.

No se que quería que le dijera.

Luego de esa respuesta ella continuó en silencio nuevamente… ¿fue algo que dije? O mas bien… ¿algo que no dije?

Continuamos por una calle que aún tenía unos automóviles transitando velozmente. La acera era demasiado estrecha, era un barrio con casas pequeñas. Ella iba caminando sobre la calle, cerca de los autos pasando a gran velocidad. Eso me tenia muy incomodo.

– Vale… ven, camina sobre la acera. Déjame a mi caminar sobre la calle – le dije mientras la tomaba por el hombro y me ponía en su lugar.

Ella solo me hizo caso, no dijo ni una palabra.

Así las cosas, entendiendo que ella no estaba de humor para hablar, permanecí en silencio. Cuidando mi distancia con los autos que iban pasando velozmente.

Luego llegamos a un parque enorme, en el centro de la ciudad. Estaba lleno de árboles y lamparas. También mucho pasto verde y bien cuidado, pasto que por supuesto se veía oscuro y lúgubre por la hora. Las lámparas tan solo iluminaban las pequeñas veredas que tenía el parque y dejaban en oscuridad las zonas abiertas y con varios árboles. Claro, la combinación perfecta que hacían las luces tenues de las lámparas y la oscuridad, suavemente opacada por la luz de la luna que se ahogaba entre el montón de nubes negras, hacían del parque un lugar hermoso. También había un par de lagos, el agua se veía como un gran espejo negro reflejando la poca claridad del cielo.

Si no hubiese tenido que llevar a Valentina a su casa, seguramente me habría quedado sentado en ese lugar apreciando el precioso escenario.

– Creo que vamos a tener que rodear los lagos por los pequeños caminos, está muy oscuro por donde están los árboles y puede ser peligroso – propuse.

– ¿Cuando dejarás de preocuparte tanto por mi? – dijo ella – mira, está empezando a llover, lo mejor será que te vayas a casa Esteban, o te vas a resfriar.

– Solo son unas cuantas gotas… no creo que empeore – respondí ignorando la cantidad de nubes que había en el cielo. Era obvio que sí iba a empeorar.

– No seas tonto, ¡mira esas nubes! – dijo dando un salto hacia adelante y  señalando el cielo.

Me quité mi chaqueta y, desde atrás, la cubrí con ella. Hacía demasiado frío.

Ella se quedó en silencio nuevamente, me miró y dejó de protestar. De no haber estado tan oscuro hasta habría pensado que se sonrojó.

– Por supuesto que va a empeorar… – le dije luego de reírme un poco – no soy tan ciego. Por eso tienes que prepararte. – le dije dando unas palmadas sobre su hombro cubierto con mi chaqueta.

Caminamos unos cuantos metros más y luego ella se detuvo.

– ¿Qué sucede, Vale? ¿Por qué te detienes? – pregunté – tenemos que apresurarnos o vamos a llegar empapados, si es que llegamos.

Ella me miró directamente. A pesar de la oscuridad, se podía ver fácilmente el color y la claridad de sus ojos castaños.

Luego empezaron a salir con dificultad unas tímidas palabras de su boca.

– Yo… solo quiero agradecerte… por acompañarme – dijo sosteniendo su mirada con incomodidad, tirándola al suelo por momentos – lamento… haber estado tan callada y odiosa.

– Para nada, Vale … – le respondí – siempre he pensado que eres una chica muy agradable y simpática.

– ¿Simpática? – sonrió – ja … todos piensan que soy seca y, a veces, muy brusca.

– Bueno… yo no creo eso.

– ¿Por qué no? Creo que si más de medio curso piensa eso, es que en verdad soy así. – dijo agachando nuevamente su mirada, como si se sintiera decepcionada.

– Más de medio curso no ha compartido contigo tanto como yo. – le respondí casi que interrumpiéndola – conozco cómo eres y cómo te dedicas con determinación a lo que te gusta. Recuerda que he sido tu compañero de trabajo durante casi todo el bachillerato y sé también lo dulce que eres con tu familia.

Me miró nuevamente. Con un poco de escepticismo en sus ojos.

– … en especial con tu perro – le dije para luego echarme a reír. Valentina adora a su perro con todas sus fuerzas.

Ella también empezó a reír.

– Muchas gracias, Esteban – me dijo con cariño – la verdad es que tú…

En ese momento pasó un gran resplandor de luz, un rayo cayó con violencia muy cerca de nosotros. De inmediato, el trueno se escuchó con un estruendo ensordecedor. Tapé mis oídos y cerré mis ojos.

Cuando los abrí, Valentina estaba pegada a mi. Me abrazaba con una fuerza que sólo el espanto de un momento así puede darte.

Luego de unos segundos, ella abrió sus ojos también. Miró hacia arriba, a mis ojos y se dio cuenta de donde había terminado. Se sonrojó, pero no se desprendió de mi pecho. Sólo siguió observándome con vergüenza y miedo combinados.

Luego pude ver una gota caer en su nariz, y después un gran torrente de agua empezó a caer sobre nosotros.

Aún abrazados, como si ella pensara que yo podía cubrir toda la lluvia con mis brazos, pensé en buscar un lugar donde refugiarnos.

– Sígueme – le dije – vamos, hay una pequeña choza en el centro del parque que podemos usar mientras esperamos a que deje de llover. Aún falta mucho para llegar a tu casa.

– Esta bien… – respondió de inmediato.

Luego la tomé de la mano y corrimos en medio de la tormenta y la oscuridad hasta aquél lugar…

(Continuará…)

*Arnaldo Urzola y Andrea Roca, estudiantes de Relaciones Internacionales

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