La Política Exterior feminista de Suecia

Por: Ramón Stevens

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A finales del 2014, Suecia captó la atención del mundo al anunciar que se convertiría en  el primer y único país en impulsar una política exterior explícitamente feminista[1]; el objetivo de este nuevo enfoque es la implementación integral y sistemática de estrategias nacionales e internacionales, que contribuyan a promover la equidad de género y el pleno disfrute de los derechos humanos entre las mujeres, prestando especial atención a las que se encuentran en situaciones de vulnerabilidad.

Para lograr lo anterior, se busca integrar la perspectiva de género a todas las acciones del Servicio Exterior, cuyas políticas deben estar siempre orientadas hacia cinco metas particulares[2]: el respeto a la ley y los derechos humanos; combatir la violencia de género tanto en escenarios de conflicto como en tiempos de paz; promover los derechos reproductivos y la salud sexual alrededor del mundo; luchar por el empoderamiento económico de las mujeres e involucrarlas en los esfuerzos de desarrollo global y combate al cambio climático.

Margot Wallström, la Ministra de Asuntos Exteriores de Suecia, reconoce que  añadir una perspectiva feminista a la  política exterior ha recibido reacciones mixtas y una buena dosis de críticas por parte de quienes creen que se trata de un experimento poco pragmático en un mundo cada vez más incierto y peligroso.

No obstante, en una entrevista[3] para la revista Foreign Policy, Wallström aseguró  que, lejos de resultar idealista, una política exterior feminista es la política más inteligente que se puede tener en este momento. La evidencia incontrovertiblemente sustenta su idea, pues numerosos estudios han demostrado que el involucramiento de las mujeres es vital para lograr paz sustentable tras un conflicto[4].

De hecho, de acuerdo con el ex Secretario General de Naciones Unidas Kofi Annan, el mundo se está dando cuenta de que no hay políticas publicas más efectivas en promover el desarrollo, la salud y la educación, que el empoderamiento de las mujeres y las niñas, además, propone que no hay mejor táctica para asegurar la paz[5].

América Latina podría beneficiarse enormemente del ejemplo de Suecia: 41 ciudades de las 50 más violentas en el mundo se encuentran en esta región[6], parte del problema se debe a las dificultades derivadas del narcotráfico, la desigualdad económica y sin duda la cultura machista[7] que predomina en todos los ámbitos de la sociedad.

La principal lección que los gobiernos iberoamericanos podrían aprender de la política exterior feminista, es considerar la equidad degenero como un factor directamente relacionado con la seguridad del Estado y del escenario internacional en general, y no como un tema secundario en las agendas políticas.

Es hora de considerar la posibilidad de que el problema de violencia en esta parte del mundo se ha estado atacando desde la trinchera equivocada. En el caso de México, se pensó necesario  contrarrestar las balas, fuego y sangre perpetrados por los criminales, con más de lo mismo por parte de las fuerzas armadas y es la sociedad civil quien sufre el fuego cruzado.

Suecia está siendo pionera en reconocer que se tienen que afrontar los viejos problemas desde nuevas perspectivas; buscar la equidad de género a través de su acción exterior, como una condición básica para lograr sociedades más seguras y justas es una innovadora apuesta de la cual no se habla lo suficiente, sobre todo en Latinoamérica.

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